A menudo pensamos que un trauma surge únicamente a partir de situaciones extremas o traumáticas, como accidentes graves, desastres naturales, experiencias de guerra, o violencia física o sexual. Y sí, estos eventos en terapia son conocidos como “T”, los cuales hacen referencia a eventos traumáticos de gran magnitud que presentan un peligro directo para la integridad física o psicológica de la persona. Estos eventos suelen provocar una respuesta intensa de estrés y pueden generar trastorno de estrés postraumático (TEPT).

Sin embargo, existe otra dimensión del trauma, a menudo más sutil, conocida como «t» o traumas relacionales. Estos son los que suelen pasar desapercibidos y, a menudo, son los más abordados en terapia. Se trata de heridas emocionales que ocurren en el contexto de relaciones significativas como; familiares, de pareja o amistades cercanas durante la infancia y la adolescencia (negligencia, abuso, abandono, etc.). Estos traumas son particularmente perjudiciales, dejando una marca duradera en la persona y afectando a sus relaciones futuras, rompiendo la confianza y la seguridad en las mismas y dando lugar a patrones disfuncionales en futuras interacciones, lo que dificulta la capacidad de mantener relaciones saludables. Además, estos traumas generan un impacto emocional profundo, afectando a la autoestima, al estado de ánimo y a la regulación emocional, provocando una serie de inseguridades y miedos en la persona.

Es fundamental identificar, comprender y trabajar con las emociones y recuerdos asociados a estas experiencias a través de terapias especializadas, como el EMDR (Desensibilización y Reprocesamiento por Movimientos Oculares), iniciando así el camino hacia la recuperación y la reconstrucción de una identidad saludable.