En algún momento de nuestra vida, todos nos hemos hablado de una manera poco amable. Un error, una duda, un fallo o una respuesta que no nos convence pueden activar un diálogo interno duro, cítrico y despectivo. Sin darnos cuenta, adoptamos un lenguaje que jamás utilizaríamos con alguien a quien apreciamos.
En terapia, además de trabajar con nuestras emociones, experiencias, relaciones y expectativas, hay una parte especialmente importante que a menudo pasa desapercibida; la voz crítica interior. Aunque es una de las áreas más complejas del trabajo personal, es una de las más enriquecedoras. El desarrollo del lenguaje interno más compasivo se convierte en una pieza clave del proceso terapéutico.
Si una persona cercana nos comparte algo íntimo o nos pide apoyo, lo habitual es responder con comprensión, respeto y cuidado. Rara vez recurriríamos a la crítica o al desprecio. Sin embargo, con nosotros mismos solemos permitirnos palabras que duelen, que desmotivan y que refuerzan nuestras inseguridades.
Por este motivo, uno de los objetivos fundamentales en terapia es comenzar a identificar y comprender nuestro diálogo interno
Escuchar interiormente
Es importante matizar algo; no se trata únicamente de silenciar o combatir a nuestras partes más críticas, sino de aprender a escucharlas con atención. Preguntarnos qué se está activando dentro de nosotros para que aparezcan, qué situaciones nos están desbordando y qué aspectos de nuestra vida necesitan un ajuste en ese momento.
Estás voces internas no surgen con la intención de dañarnos o castigarnos, sino como una señal de que algo no está siendo afrontado de la mejor manera. Aunque su forma de expresarse resulte dura o desagradable, muchas veces están intentando advertirnos de patrones que nos generan malestar y que necesitan ser revisados.
Por eso, además se introducir pensamientos más neutros, realistas o positivos, es importante dar espacio a estas partes internas y comprender qué mensaje traen consigo.
Cuando nos atamos internamente, en realidad estamos profundizando en aquello que ya nos duele. Por ejemplo, si alguien tiene dificultades para hablar en público y repite frases como “lo vas a hacer fatal”, “no sirves para esto” o “vas a quedar en ridículo”, lo que está haciendo es reforzar la herida relacionada con la exposición y el miedo a nivel social. De por sí ya es difícil sostener y atravesar dichos momentos, como para añadir estos comentarios que nos desvalorizan. En muchas ocasiones somos mucho más duros con nosotros mismos de lo que lo sería cualquier otra persona desde fuera.
Tratarse mejor
Poco a poco, es posible entrenar al cerebro para hablarnos de una forma más amable y constructiva. Introducir mensajes más neutros como “estoy haciendo lo mejor que puedo”, “me va a costar pero lo intentaré” o “puedo con esto” no elimina automáticamente el malestar, pero si facilita el proceso de cambio y validación personal.
Una pregunta muy útil en estos momentos es; ¿qué le dirías a una persona a la que quieres mucho estando en tu situación? El cambio empieza cuando aprendemos a tratarnos con la misma comprensión que ofrecemos a los demás. Recordar esta frase cuando nos sentimos abrumados, negativos o atrapados en pensamientos irracionales puede marcar una gran diferencia.
Porque el receso terapéutico no es un cambio de blancos o negros, sino un recorrido lleno de matices. Todos tenemos derecho a mejorar, aprender y avanzar, siempre desde un lugar de comprensión, paciencia y compasión hacia nosotros mismos.
→ Quizá puedas poco a poco mirarte con la misma comprensión que ofreces a los demás. Aquí podemos hablarlo.