A lo largo de la vida vamos desarrollando distintas formas de sentir, pensar y reaccionar ante lo que nos pasa. Se trata de aspectos de nosotros mismos que cumplen una función, se mueven desde ciertos miedos y ponen en marcha estrategias que intentan protegernos, aunque a veces generan más dificultad de la que nos gustaría.

Una de las partes que aparece con mucha frecuencia en terapia (aunque no siempre resulta fácil de identificar) es la parte con prisa.

Esta es la parte que en ocasiones quiere que vaya todo rápido, que el malestar se entienda ya, que el cambio llegue cuanto antes o, que “si estoy en terapia es para mejorar lo antes posible”. No suele hacer ruido ni dramatizar. A veces incluso parece muy razonable. Pero está ahí, empujando.

El problema no es que exista, sino que muchas veces no somos conscientes de que está cogiendo el mando.

Bloqueo del proceso

Cuando una parte con prisa lidera el proceso, puede frustrarnos si no vemos avances inmediatos, juzgarnos por “no estar mejor todavía”, forzarnos a comprender antes de tiempo, o, paradójicamente, nos bloquea y paraliza el proceso.

Es a partir de ahí cuando aparece la sensación de “estar atascados”, sin entender muy bien el por qué.

El trabajo está en comprender que la prisa también protege. Su principal objetivo es que dejemos de sufrir, que no perdamos más el tiempo, y que todo tenga sentido. No es una enemiga. Pero cuando no la escuchamos con calma, acaba acelerando justo aquello que necesita ir despacio.

Porque el trabajo terapéutico no es lineal ni inmediato. No es una carrera. Es más bien un proceso de comprensión, de escucha y de ir dando espacio a lo que, durante mucho tiempo, ha estado tapado o en silencio. Y eso, aunque a veces cueste aceptarlo, lleva tiempo.

La esperanza no está en ir rápido, sino en confiar en el proceso. En permitir que cada paso tenga su momento. Cuando el ritmo es el adecuado, las cosas empiezan a colocarse con más sentido y el cambio se vuelve más profundo y sensible.

A veces, avanzar, es precisamente permitirse no correr.

→ No necesitas ir más rápido, sino entender qué parte de ti está pidiendo prisa. Si sientes que este proceso te está ocurriendo, podemos explorarlo juntos con calma.